
Vivió en la Península Ibérica hace unos 125 millones de años. Restos abren debate sobre utilidad de joroba y plumas en estos animales.
¿Un dinosaurio carnívoro con joroba y protoplumas? Un grupo de científicos halló recientemente en el yacimiento Las Hoyas (España) el fósil casi completo de un nuevo espécimen con dichas características.
La joroba en el lomo del animal, que medía por lo menos 40 centímetros, pudo haberle servido para comunicarse con los miembros de su especie, conjeturan los científicos. Su descubridor, el español Francisco Ortega, lo llamó Concavenator corcovatus, que significa “el cazador jorobado de Cuenca”.
Ortega dijo que la joroba pudo haber sido utilizada para almacenar grasa o regular la temperatura corporal, pero también para diferenciarse o comunicarse entre sí. No obstante, un único espécimen solo da pie a especulaciones y es difícil imaginar qué quiso proyectar la joroba, si era en efecto una herramienta de comunicación, aclaró.
El paleontólogo Paul Sereno, de la Universidad de Chicago, que no participó en el estudio, cree que la única explicación es “un papel publicitario” porque se semeja aletas puntiagudas en otros dinosaurios. “Es una cresta ornamental que ayuda a distinguir al individuo. Quizás tenía un color brillante, quizás pudo haber estado bien mantenido y haber sido de gran tamaño en individuos fuertes y saludables”, sostuvo el especialista.
Este animal bípedo de 6 metros vivió hace unos 125 millones de años y su hallazgo se reportó en la revista Nature. Además, en sus patas tiene protuberancias que parecen protoplumas, lo que aporta mayor evidencia sobre la conexión entre los primeros terópodos y las aves, dijo Ortega.