
No se ha cumplido la primera semana del mes de julio y ya los umpires han mandado a 16 jugadores y managers a las duchas. Al parecer, el calor del verano tiene a los árbitros con el gatillo alegre, listos para disparar, al menor vestigio de lo que ellos consideran una conducta inapropiada.
Es cierto que no pueden darse el lujo de que el juego se les vaya de las manos, pero no es expulsando al por mayor que un buen juez se gana el respeto de los peloteros, coaches y fanáticos.
Tomemos como ejemplo el juego del pasado lunes 4 de julio entre los Filis de Filadelfia y los Marlins de la Florida en el Sun Life Stadium de Miami.
En el cierre del quinto episodio, con la pizarra sin anotaciones, el árbitro Vic Carapazza expulsó al antesalista de los Marlins, el dominicano Emilio Bonifacio, cuando este lanzó el casco luego de que el oficial lo decretara out en una jugada en primera base.
Para empezar, el gesto de Bonifacio no fue ofensivo para con el umpire, quien exageró al sacar al pelotero.
El dominicano simplemente mostró su frustración por la decisión arbitral, errada por demás, pues el lanzador de los Filis, Vance Worley, nunca logró tocar al corredor.
Doble falla de Carapazza: primero, por estar mal ubicado no fue capaz de ver correctamente la jugada y luego expulsó innecesariamente a Bonifacio, cuya protesta fue generada precisamente por el error del juez.
Posteriormente, el árbitro principal, Kerwin Darley, echó del juego al catcher de los Marlins, John Buck, cuando este protestó su conteo de bolas y strikes en el inicio del noveno capítulo.
Es cierto que las jugadas de apreciación no deben reclamarse, pero en el caso de Darley y Buck ya había un precedente en el mismo juego, cuando en el séptimo episodio, el umpire se equivocó y cantó safe en home a Domonic Brown, que representó a la postre la única y decisiva carrera del partido.
Y al igual que su colega de primera base, el árbitro estaba mal ubicado y no vio cuando la mascota de Buck tocó al corredor antes de que este llegara al plato.
Lo más fácil para el juez es expulsar, pero eso no debe ser lo que prime. No se enmienda un error cometiendo otro y los árbitros deben tener la cordura para entender que las reacciones de los peloteros ante sus decisiones equivocadas son humanas.
No se trata de soportar una agresión, ni mucho menos, pero tampoco es que a la mínima protesta echen a un jugador en un evidente abuso de poder.
La gente no paga sus entradas al estadio para ver a los umpires, aunque algunos se empeñen en ser protagonistas de un espectáculo para el cual sólo les tocan papeles secundarios.
Los buenos umpires son aquellos que se van en silencio, casi anónimamente, cuando se acaba el juego y se apagan las luces del parque. Eso es sinónimo de que han hecho un buen trabajo.
Jim Joyce podrá ser considerado el mejor árbitro de las Grandes Ligas, pero siempre será recordado como el villano que le robó un juego perfecto al venezolano Armando Galarraga.